viernes, 26 de agosto de 2016

LA SIESTA EN VERANO

Otra vez. Vuelta a la rutina. Dejemos atrás las clases, los deberes, los trabajos, etc... Para volver a la rutina veraniega. El calor, los helados, los días más largos... Y los ronquidos. Aquí estoy, como cada verano, intentando concentrarme en algo que no sea la misma canción de cada tarde: los ronquidos de mi padre. Sin otro sitio en el que poder estar a las cuatro de la tarde un caluroso día de julio en un pueblo de la meseta central, tengo como banda sonora para mis lamentos los sonoros ronquidos del hombre que me concibió.

¿Qué tendrá el verano, que por las noches no hay quién duerma; pero aquí está este hombre durmiendo, en pleno día, a 40ºC y sin ventilador o aire acondicionado que le ayude a soportar la calor? Simplemente, no lo entiendo. Todos los grandes científicos se toparon en algún momento de sus delirantes vidas con alguna pregunta a la que no supieron dar respuesta. Yo me topo ante la pregunta de cómo un hombre que ya ha pasado por los 40 varios años, que se queja cada vez que se levanta por la mañana de lo mal que duerme y/o descansa por el calor, es capaz de dormir cuando sobre su cabeza se encuentra el astro rey proporcionándole más calor que del que sufre cada noche. Sí, esa es mi delirante y emocionante vida.

Supongo que tengo la respuesta, pero si estoy en lo cierto; entonces, ¿por qué lo hace? Cada año, no hay un solo año que falle. Cada día, no hay un solo día que falle. A la misma hora, no se retrasa ni un solo minuto (y eso que no utiliza un despertador). Después de comer, se iría a su habitación. Trataría de dormir un poco, sin éxito alguno. A las cuatro en punto, aparecería por la puerta del salón de nuevo, cuál reloj de cuco. Se sentaría y se tumbaría. Cinco minutos estaría atento y después caería rendido en los brazos de Morfeo. Cinco minutos antes de acabar, se despertaría como si nada hubiera pasado y celebraría o no el final como si él mismo fuera el que estuviera allí.

Pensando de nuevo en los científicos, quizá tenga que estudiarlo. Es un fenómeno que se sucede cada año. Se repite como mínimo dos veces al año. Puede que dándole una explicación razonada a partir del método científico, gane reconocimiento en la comunidad científica. Entonces hasta mis profesores tendrían que felicitarme.

Por el momento toca esperar y seguir tratando concentrarme en mi lectura de El maravilloso mago de Oz. Al menos tengo banda sonora para meterme en la historia: los ronquidos serán el tornado y el pedaleo constante será el viento. Parece que tras años repitiéndose, yo también le haya encontrado un uso al Tour de Francia. Ya no solo es un método para echarse la siesta en verano.

Cristina.

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